La nieve blanca en la montaña
Los cuerpos congelados de los árboles.
El ave del paraíso
Será el farol
De nuestro andar.
Las calles, nuestro navío
Y tu sensualidad oscilante
Me convierte
En músico, arrullador de las palomas.
Balada sin el miedo
Bebiendo caricias sombreadas.
Gotas de sudor
En el cristal de la pupila.
Destello aciago
¡Recuerdo perdido, donde solo Dios
Sabe a dónde ha caído!
Ilusiones, deseos, fantasías
Tres naranjos de mi prado.
Y tu voz persiana
Manto de cascadas frescas.
La flama, broche de tu prenda
Y mi lírico palacio, rehén de tus pasos.
La madrugada no fenece
Retoña con el cantar de tu voz
¡Preciosa celeste!
Convertidos en albas enamoradas
En humedad y en las sabanas inmaculadas.
¡No has muerto, amor!
Pureza como niña
El temblar de mi besos
Y la alcoba rubia, repleta de suspiros.
En el arco de tu cuello
Dejaré como recuerdo
La rosa blanca de este humilde jardinero.











