
Agotada de su silencio,
silencio espectral,
escudriña verbos, albas,
versos, otoños.
Y no...
No muere la gaviota argéntea,
permanece ulcerando su alma
con la indiferencia que nace de su pluma,
maquillada de parda juventud.
En la terminal de quimeras
donde se reúnen utopías y amaneceres,
guarda su desván de reminiscencias,
en guaridas de dunas y sol.
En esa pausa
donde la nada corteja a la gaviota
se sedimentan historias no escritas,
se anidan crustáceos de aflicción.
Fugitiva del dolor
vuela la argéntea en su búsqueda
sin determinar que su mancha roja
proviene de su corazón.













