Desierto blanco de yacer nocturno,
donde unas manos buscan el calor de una piel canela,
te despiertas álgido y reseco
pariendo la soledad inmensa que cada noche tu vientre gesta.
...Y entre sollozos secos
el cuerpo frío de tu siervo se despereza.
Entornados sus ojos sin levantar la cabeza
mirando las dunas blancas de seda,
por las que caudalosos ríos de azabache
en otros despertares corrieran,
observa desde el silencio un nuevo amanecer de ausencia.
Sobre tus arenas blancas sus dedos juegan,
dibujan los recuerdos,
en las doradas dunas que ahora solo son ausencia,
el calor de sus olas se ha muerto
aquel brillo dorado ya no le ciega,
y sus labios no pueden pintar caminos por sus laderas.
Con el recuerdo en sus ojos,
que se humedecen por la sal de la ausencia
se abandona a un nuevo día,
para seguir en la gesta de caminar sin camino,
hacia un destino cualquiera.
...Y cuando se despierte la luna volver a enterrarse en la misma arena,
del frío y blanco desierto,
que al amanecer
volverá a castigarle con la ausencia.
















