
Desperté y vi el horizonte teñido de lágrimas,
asperjado con el recuerdo errante,
y el alma inmersa en la promesa del alba.
Desperté y la luna se acurrucaba
en la planicie del abrazo de la mañana
pintada de añil y enmarcada en el universo.
Desperté y sonreí a la absurda presencia
de aquella estrella que otea la ventura
de mis ojos que atisban las montañas.
Desperté y triunfé en el caminar
sobre las vertientes del manto
que abriga afable las nubes matinales.
Desperté y desperté en medio de abrojos,
abrojos de silencios que pisoteé
con fuerza y paciencia, en mis primeros pasos.






