
Naufrago en esta ánfora de lágrimas
que fluye de mi horizonte mustio,
cosechando imágenes y alusiones
que se refugian en el álgido abrigo del dolor.
Mi tintero languidece en la sombra
del recuerdo de la mortecina madrugada,
y se queda ahí solitario,
observando ése, su verso rancio.
Me encona la morada de la tristeza
esa inquieta e insulsa majadera,
que persiste nube tras nube
con su máscara sepulcral.
Serafines de silencios finales
revolotean traviesos al azar
en esas nubes donde la angustia
se alimenta con aceitunas de locura.
Hojas de desilusión flotan sin rumbo
en el aire del destino marchito,
forman el mantel del árbol del pasado
el cual quisiera una última vez, poder olvidar.












