
Desvanecía la luna aquella tarde de crisantemos.
El viento le ultrajó su ligera calidez
envidioso de su magia y de su exiguo soñar.
La lluvia borró sus pequeñas manos laboriosas,
su sonrisa eterna dibujada en su cachorro
perdurará en la calle del recuerdo y del porvenir.
Su alma señera dominó el aprieto del destino,
su llamarada entre tizones nos brindó su calor
madre de esperanza y de libertad.
Se fue en el suspiro del crepúsculo,
en la suerte del número que nunca le dio,
Junio, en desesperanza y tristeza se enmarcó.
Otro corazón partió al cielo aquella tarde,
otra noche solitaria en la luna nos dejó
aquella fue su manera de decirnos adiós.
Madre de mi alma
que disfrutáis de las nubes ahora blancas
allá a la inmensidad, os remito mi dilección.

















