
y selló con la ternura el fruto de la respuesta…
Acunamos nuestros hijos, con el afán de cuidarlos
y ofrecer en el camino, herramientas para andarlo…
Un día la noche oscura, se vistió para matarnos
y nuestros ojos no hallaron al corazón destrozado…
Cada uno habló a los gritos, no pudimos escucharnos
y los lazos se rompieron, como la horqueta de un árbol…
El egoísmo barrió los pedazos en el suelo
y el final no fue de cuentos… terminó sin dejar sueños…
Ninguno pudo volver… a agradecer el buen tiempo
y maldijimos el día en que Dios nos dio el encuentro…
Así pasaron los días… así pasaron los meses,
el luto quedó grabado en el cuerpo y en la mente…
Si nos miramos ahora, dos extraños se aparecen,
en los ojos se borraron las señales de quererse…
Cada uno hará caminos… obviamente diferentes…
pero a veces los recuerdos llegarán para meterse
y ahondar estas heridas… que son huellas para siempre…
Ya no buscamos culpables… solamente reponerse…























