en la mancha abierta y oscura,
que se destacaba en la noche estrellada.
Me ahogué en la profunda catarsis,
de tu etapa en las fatigadas ramas,
allí, donde la soledad era un páramo final.
Me introduje en tu espíritu fatigado,
como agua, fuego, sangre,
y sentí tu vuelo armónico y castigado,
pero límpido como rito sagrado.
Me agazapé en la paciencia con sigilo,
en la espesura de tu duelo,
e hice acrobacias con proeza de hada blanca.
Me vestí con el impulso del mudo reproche,
en un carromato de destinos trazados,
de ávidos tintineos de cascabeles y cencerros.
Me esgrimí en la eterna conciencia,
de descansar sobre un montículo de piedras,
envuelta en una lágrima prisionera.
Me interpuse entre la extrema osadía,
de agitar tu acequia de nostalgia,
en el íntimo oleaje de arrullos y magnolias,
cierro los ojos, tejo los hilos de marzo,
y amaso la vida como pájaros en el aire.
Se perfumó el silencio de la noche,
andando y desandando el asfalto de las calles,
mirando el cristal de los balcones y los viejos nogales,
con el asombro florecido en las pupilas,
escondí en un beso la sombra de tu nada,
y brilló la luna espolvoreada de plata,
en el retorno final de la ternura en su cuna.
BRISEIS
















