La quietud de las aguas del Río de la Plata,
un paisaje con silencio y soledad,
la nostalgia crece de golpe y cala hondo,
entre mis dedos se mezclan los reflejos,
que señalan la noche con luna.
Sentada en una mesa te pienso,
fijo la mirada en un punto cualquiera,
y se me cuelga de los labios una mueca,
lejos quedan los borbotones de vida,
el brumoso malva del crepúsculo,
los senderos que rodean las fuentes,
y en la punta de una nube cargada,
oculto la tristeza del olvido,
respiro sin énfasis ni sorpresa,
y mi corazón se dobla en cuatro,
estoy sola y tiemblo…
Quedo rígida y oigo el desgaje del aliento;
inútil recordar el fervor de las caricias,
la firmeza de tu mano al caminar,
cierro los párpados y dejo al aire,
las raíces aletargadas del tiempo,
el eterno centinela de la silla vacía,
nada me responde, el alma sujeta a la cuerda,
se oculta entre un mechón de mi cabello,
sólo percibo el bombeo del corazón,
sin eludir el tono unánime,
con el cual pronuncio tu nombre,
miro hacia el ombú de las raíces al aire,
dónde tantas veces nos cobijó su sombra,
y rompo este sábado de añoranza,
con un andamio entre el viento y tu sombra,
coqueteo con un humeante café,
que, con andar perezoso me trae el mozo,
y pespuntea el instante en que se deshace,
una rosa en un verano en llamas.
Y nada más. Tan solo.
¿Amor mío, dónde estás?
BRISEIS (ANNIE)
06/02/2011














