Aquella mujer tomó asiento en el pasillo,
abrió un diario y no levantó los ojos,
hasta que por fin arrancó el tren,
y se reprochó dentro de sí, no darse vuelta,
para saludarlo en el andén por última vez.
Inmóvil experimentó el orgullo,
arando su alma como a una tierra árida,
cerró los ojos y pensó débilmente retenida,
en ese amor cristalizado en un ave dormida.
Nunca volvería sobre sus pasos,
un cuerpo, a lo lejos, ahogado en la muchedumbre,
se enlazaba con el palpitar de mariposas,
y adivinó el asombro que quedaba,
en ese hombre y sus ojos,
con el torrente puro de las mareas,
abandonado a la antorcha viviente,
de la íntima luz de la corriente.
Cerró la ventanilla del vagón
para no oler el perfume de la menta
que exhalan esos bordes de praderas sonoras,
y los estribillos peregrinos de sus noches errantes,
en un paisaje de hierba de irresoluta belleza,
y en el espejismo de un delirio de tristeza,
descifró algunas palabras insignificantes,
“TERNURA, ABRAZO, LLUVIA”.
En ese manantial de pensamientos,
una suave melodía retumbó en su mente,
y con paso precipitado,
voló un Ángel en su regazo,
y con el peso delicioso lo retuvo
abrumada, perdida, salvada...
BRISEIS














