
echadito en un costado, aterrado y mal herido…
En sus brazos puso aquél… que imploraba su cariño…
En el hogar lo curaron… y le ofrecieron tibieza,
se quedó en la querencia de las manos más austeras.
El niño fue como un ángel, para el cachorro dolido
que no conocía la forma de mostrarse agradecido.
Lo seguía como sombra, entre campos y caminos…
Se convirtió en su guardián mientras velaba sus ritmos…
Horas pasaban los dos, entre juegos y corridas,
no se sabía muy bien, cuál de los dos era un niño…
Fiel a los claros de luna, apreciaban las estrellas,
y sin decirse palabras, las oraciones se hacían…
¿Gratitud?¿Compañerismo?... los animales no hablan;
sin embargo basta un gesto, para saber cómo están.
Era un vínculo perfecto de amistad correspondida,
entre abrazos y lamidas, nada hay que rescatar…
A veces la demostración más sincera y más querida,
viene de aquél que no habla, el lenguaje del humano…
En el refugio de amor que levantaron los años;
la mascota se hizo adulta y creció con buenos pasos…
Una de esas tantas tardes, acompañando a su amigo,
de regreso en el camino, encontró la muerte a un lado…
El que atropelló… se fue… sin importarle aquél daño…
El animal aguantó, cuanto pudo su agonía…
y logró ver con alivio la llegada de su amo,
que corriendo a su regazo… lo abrazó desconsolado.
En los ojos se avisparon los recuerdos más queridos,
y en el llanto de los dos… hubo un silencio rotundo.
El suelo crujió en lo agudo, ante tanta soledad
Y en el aire se esfumaba… la ilusión de regresar,
con aquél fiel compañero, que siempre lo iba a esperar,













