los más hermosos momentos que muy juntitos pasamos,
fueron momentos supremos pues vivimos en la gloria
y supieron nuestros cuerpos lo mucho que nos amamos.
De aquel instante divino, la luna fue testigo
cuando nos acariciamos tan apasionadamente,
el calor era inclemente, te quitaste tú el abrigo
y a tu cuerpo voluptuoso me acercaste lentamente.
Y esa noche calurosa, pudimos los dos conocer,
mientras nuestras cuatro manos trajinaban sin descansar,
lo que habíamos escondido y nos llenó de placer,
porque aún estando escondido lo pudimos encontrar.
Al llegar al paroxismo nos inundó la locura,
me abrazaste fuertemente y sentí el calor de tu piel,
y mis traviesas manos te tomaron por la cintura
mientras mis labios bebían, de los tuyos la dulce miel.
No lo pudiste evitar y yo no me pude contener,
tus labios besaban mi cuerpo mientras que tus fantasías,
hervían en tu memoria, y tus deseos de ser la mujer
de mis sensuales pasiones, con placer satisfacías.
Nos amamos toda la noche, nos amamos sin descansar,
y así nuestro ansiado deseo se pudo hacer realidad,
de pronto nos dimos cuenta que el día ya iba a llegar
y nos pusimos de acuerdo para amarnos en la claridad.
- - - - - - - - -
Mariano Bequer.
Maracaibo, 18/11/04
















