SOBRE FRUTOS Y PIELES
Publicado: Sab May 05, 2012 13:02
Tal como lo hacen las orugas
Enrollándose al secreto de la fruta,
Sus labios se movían tan rápido que no entendía nada;
Se inquietaba al asomarse una lengua
Por entre los sueños imposibles de su lecho,
Era todo el viento entre las ramas del durazno
Él temblaba en las alturas más recónditas,
Se agitaba y sumergía insolente.
Así eran las horas, los minutos,
Jinetes de nubes borrascosas
Reclamándose obscenos y maravillosos;
De tanto en tanto jugaban con sus dedos,
Ella le recorría como marea en las profundidades,
Se cantaban con la mirada,
Eran profundos besos que auguraban su renacer,
Crisálidas que se muerden,
Y abriendo las alas
Se sacudían el polvo del pasado lapidario,
Eran hermosos en la complicidad mas carnal,
Mas nada los intimidaba.
Ella se acomodaba el cabello
Para no ahuyentar a las luciérnagas de su hombre,
El mordía todo indicio de perderse ante ella;
Se rabiaban,
Se incitaban atrevidos
Injuriando a los astros que atrás habían quedado,
Resolviendo la piel,
Agitando los cielos y sus nubes, se buscaban;
Carecían de culpa alguna
De modo que todo les era permitido.
Poco a poco la respiración se hacía lluvia,
Magma infinito de los labios que se agredían impacientes;
Animales furtivos salían a la caza de los amantes,
Bestias sagradas y hermosas
Asesinándose del modo que Dios les había enseñado
Para luego ser desterrados y maldecidos por voces sombrías,
Voces que nada podían impedir
Puesto que comulgaban con su ser.
Se degustaron con la calma del silencio inmortal
Hasta madurar los frutos de su eternidad inmediata;
Los ecos de sus cuerpos eran guerreros sigilosos
Protegiendo todo intento de cubrirse en la mortaja del olvido,
Por momentos, llegaba la ansiedad,
Algo como un cuerpo queriendo salir de sí mismo,
Rasgándose ante su desesperación,
Un cometa marcando el cielo con violencia,
Un durazno evidenciando la cicatriz de su ser,
Lo oculto después de la carne más dulce.
Y he aquí el milagro de los amantes
Que nada tenían que perder más que a si mismos,
Ellos se obsequiaron por completo, incondicionales,
Ella se ofrendó cual jardín con piel de alborada
Y ante esto, él se rindió bestial y consumido sobre ella...

Enrollándose al secreto de la fruta,
Sus labios se movían tan rápido que no entendía nada;
Se inquietaba al asomarse una lengua
Por entre los sueños imposibles de su lecho,
Era todo el viento entre las ramas del durazno
Él temblaba en las alturas más recónditas,
Se agitaba y sumergía insolente.
Así eran las horas, los minutos,
Jinetes de nubes borrascosas
Reclamándose obscenos y maravillosos;
De tanto en tanto jugaban con sus dedos,
Ella le recorría como marea en las profundidades,
Se cantaban con la mirada,
Eran profundos besos que auguraban su renacer,
Crisálidas que se muerden,
Y abriendo las alas
Se sacudían el polvo del pasado lapidario,
Eran hermosos en la complicidad mas carnal,
Mas nada los intimidaba.
Ella se acomodaba el cabello
Para no ahuyentar a las luciérnagas de su hombre,
El mordía todo indicio de perderse ante ella;
Se rabiaban,
Se incitaban atrevidos
Injuriando a los astros que atrás habían quedado,
Resolviendo la piel,
Agitando los cielos y sus nubes, se buscaban;
Carecían de culpa alguna
De modo que todo les era permitido.
Poco a poco la respiración se hacía lluvia,
Magma infinito de los labios que se agredían impacientes;
Animales furtivos salían a la caza de los amantes,
Bestias sagradas y hermosas
Asesinándose del modo que Dios les había enseñado
Para luego ser desterrados y maldecidos por voces sombrías,
Voces que nada podían impedir
Puesto que comulgaban con su ser.
Se degustaron con la calma del silencio inmortal
Hasta madurar los frutos de su eternidad inmediata;
Los ecos de sus cuerpos eran guerreros sigilosos
Protegiendo todo intento de cubrirse en la mortaja del olvido,
Por momentos, llegaba la ansiedad,
Algo como un cuerpo queriendo salir de sí mismo,
Rasgándose ante su desesperación,
Un cometa marcando el cielo con violencia,
Un durazno evidenciando la cicatriz de su ser,
Lo oculto después de la carne más dulce.
Y he aquí el milagro de los amantes
Que nada tenían que perder más que a si mismos,
Ellos se obsequiaron por completo, incondicionales,
Ella se ofrendó cual jardín con piel de alborada
Y ante esto, él se rindió bestial y consumido sobre ella...




