LA LEYENDA DEL VIEJO ALMENDRO
Publicado: Jue Dic 15, 2011 11:04
Hubo hace mucho tiempo,
en el siglo xix,
un hermoso caballero
que se fue a enamorar de una bella dama
y que por ello,
por culpa de su gran amor
y poca inteligencia, acabó muerto.
Pasaba
que todos los días a las doce de la mañana
salía nuestro hermoso caballero
a leer su libro de poemas
de Quevedo.
Daba igual si fuera en el caluroso verano
o el frío invierno,
siempre vestía con su levita gris,
pantalón ancho,
corbata grande
y chaleco negro.
Y todos esos días cruzaba la calle,
atravesaba el parque
y se sentaba en el mismo banco bajo el almendro.
Y allí, como siempre,
se ponía a leer sus sonetos.
Pero un día pasó algo maravilloso,
nuevo;
algo que fue a lastrar la tranquilidad del hombre
y su consuelo.
Porque pasó una bella dama
con un traje escarlata y cofia de terciopelo
vestida de un desconocido
cabello rubio
y cuyos ojos, la verdad,
que no consiguió verlos.
Nuestro protagonista, lleno de respeto,
tan sólo levantó la mirada
y le siguió con salud y deseo
puesto que se dio cuenta que en ese instante,
en ese mismo momento,
el amor cubrió su sangre,
el amor cubrió su cuerpo.
Nuestra dama, sabiéndose observada,
siguió caminando y sonriendo
y empezó a mover rápidamente el abanico
y a tocarse lentamente el pelo.
Poco a poco fue pasando frente a él.
Poco a poco fue mirándola a ella
aunque con la cortesía de un gentil hombre
sólo movía de lado el sombrero.
Ya casi se le ocultaba de la mirada
y él
seguía forzando su cuerpo.
Justo cuando faltó de sus ojos
dio un último golpe del pescuezo
y con un “crack” apenas audible…
se partió el cuello.
Pasó tiempo hasta que alguien se fijó en él.
Unos dicen
que se ausentó en la noche
y otros que hasta el crujir oyeron,
pero lo que todos ellos aseguraban
era que tenía la vista perdida
como si guardase un secreto.
A los dos días sus amigos le enterraron
y hasta nuestra bella dama fue al entierro.
Pasaron los años
y ella se casó, tuvo tres hijos
y a ninguno de ellos le puso el nombre del caballero,
aunque todos los días hasta su lejana muerte
veía en su paseo el viejo almendro.
Pues cuenta la leyenda,
y no sé si esto es cierto,
que cada vez que pasaba por el banco
se oía un leve chasquido,
un “crack” apenas audible…
como si se partiera un cuello.
www.mipoesia.net
en el siglo xix,
un hermoso caballero
que se fue a enamorar de una bella dama
y que por ello,
por culpa de su gran amor
y poca inteligencia, acabó muerto.
Pasaba
que todos los días a las doce de la mañana
salía nuestro hermoso caballero
a leer su libro de poemas
de Quevedo.
Daba igual si fuera en el caluroso verano
o el frío invierno,
siempre vestía con su levita gris,
pantalón ancho,
corbata grande
y chaleco negro.
Y todos esos días cruzaba la calle,
atravesaba el parque
y se sentaba en el mismo banco bajo el almendro.
Y allí, como siempre,
se ponía a leer sus sonetos.
Pero un día pasó algo maravilloso,
nuevo;
algo que fue a lastrar la tranquilidad del hombre
y su consuelo.
Porque pasó una bella dama
con un traje escarlata y cofia de terciopelo
vestida de un desconocido
cabello rubio
y cuyos ojos, la verdad,
que no consiguió verlos.
Nuestro protagonista, lleno de respeto,
tan sólo levantó la mirada
y le siguió con salud y deseo
puesto que se dio cuenta que en ese instante,
en ese mismo momento,
el amor cubrió su sangre,
el amor cubrió su cuerpo.
Nuestra dama, sabiéndose observada,
siguió caminando y sonriendo
y empezó a mover rápidamente el abanico
y a tocarse lentamente el pelo.
Poco a poco fue pasando frente a él.
Poco a poco fue mirándola a ella
aunque con la cortesía de un gentil hombre
sólo movía de lado el sombrero.
Ya casi se le ocultaba de la mirada
y él
seguía forzando su cuerpo.
Justo cuando faltó de sus ojos
dio un último golpe del pescuezo
y con un “crack” apenas audible…
se partió el cuello.
Pasó tiempo hasta que alguien se fijó en él.
Unos dicen
que se ausentó en la noche
y otros que hasta el crujir oyeron,
pero lo que todos ellos aseguraban
era que tenía la vista perdida
como si guardase un secreto.
A los dos días sus amigos le enterraron
y hasta nuestra bella dama fue al entierro.
Pasaron los años
y ella se casó, tuvo tres hijos
y a ninguno de ellos le puso el nombre del caballero,
aunque todos los días hasta su lejana muerte
veía en su paseo el viejo almendro.
Pues cuenta la leyenda,
y no sé si esto es cierto,
que cada vez que pasaba por el banco
se oía un leve chasquido,
un “crack” apenas audible…
como si se partiera un cuello.
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