EL COMPADRITO
Publicado: Dom Sep 18, 2011 02:07
Era un miércoles de mañana sombría
en que la tristeza parecía asomarse
con el silencio.
Donde, como en un eco se iba poblando
cada calle de sombra;
mientras que palidecía la tarde con un
sol sonriente.
La nostalgia acusadora aparecía
inclemente,
como un latigazo de odio por los
errores;
mientras que el filo de un verdugo atado
a mi cintura.
Se mostraba como el indulto que otorgaba
la agónica esperanza.
El llanto de mis hijos como un perfume
de la naturaleza
se dejaba caer bañando mi piel de
razón.
Los carajos de mi negra Hortensia y
esas veces que alejado de
Dios perdía el tiempo, y
hasta el sustento de mis chamacos
¡plumm!
Como un balazo algo viscoso se regaba
por mí casi;
mientras me despertaba el olor a infierno.
Eso, junto a las ganas de vivir
me ayudaron a ensillar el regreso
a la vida,
tomé lo que podía como en un ato y
tomé rumbo a la salida manejando mi
carcocha
pero un punto de debilidad bastó para
regresar
como una despedida; casi siempre
repetida
pero esta vez de palto.
Como me sudaban los dedos y las ganas de sentarme;
parecía que adivinaba el resultado
de cada juego,
hasta ganas de ir al baño me dieron.
Oía el chorro golpearse contra el charco;
mientras murmura para mis adentros
ojala se me apareciera el diablo para
venderle mi alma;
para jugar la ultimita y ganar tanto dinero
que me vuelva rico.
Alcé el cierre y al abrir la puerta
unos de los que jugaban se levantaban pelao,
por lo que era conocido,
me invitaron a jugar para que no se malogre la mesa.
Hasta acordaron regular las apuestas al mínimo y estable de mil soles.
Desde que apareció la primera carta de mis manos como una pirámide
se armaban los juegos sin que pierda una;
hasta que ya, eso a las dos de la mañana había peleao a todos.
Juntando tres sacos de plata casi no lo creía,
sonreía dibujando en mi futuro…
ponerme un local igual al que tuve antes.
Tire el dinero por la ventana del carro y
emprendí mi viaje de regreso a casa manejaba sonriente,
hasta que en un tramo del camino.
Llamado el ceibo del diablo,
caminaba tambaleándose mi santo
compadre.
Alfonso infante. Detuve el carro,
abrí la puerta invitándolo a subir;
mientras estrechando su mano me
sorprendí…
Era enorme, su mano estaba helada y
peluda.
Lo mire detenidamente y bajo el sombrero
solo aparecía una sombra con algo que
brillaba
como si fuera una dentadura de oro.
No me quedo mas que aferrarme
al timón y
acelerar a tal punto, que parecía
destramarse la carcocha, y
llegando a la puerta de mi casa
me desplomé rodando por el suelo,
con los ojos desorbitados y botando
espuma por la boca.
No recuerdo más,
hasta que algún otro día desperté
escuchando a Hortensia decir
¿Que te paso? Repitiendo como
un tarado ¡el compadrito!
¡El compadrito! Y lo más ilógico
¿Qué fue de la plata?
¡Qué plata! La que está en el carro
respondí;
mientras que muy segura la negra,
sólo atinaba a decir,
que allí solo había unos sacos de chante
de plátano.
¡Cómo no sorprenderse de esa experiencia!
Si era el mismísimo demonio el que se
me presentó
en la figura de mi santo compadrito
Alfonso!
Dios mío…perdóname.
A partir de hoy Hortensia querida…
Te prometo que jamás iré al jugué.
Es más, desde hoy mismo iremos
juntos a la iglesia.
“El hombre que cumple con sus obligaciones
Jamás sucumbirá ante lo incierto”
en que la tristeza parecía asomarse
con el silencio.
Donde, como en un eco se iba poblando
cada calle de sombra;
mientras que palidecía la tarde con un
sol sonriente.
La nostalgia acusadora aparecía
inclemente,
como un latigazo de odio por los
errores;
mientras que el filo de un verdugo atado
a mi cintura.
Se mostraba como el indulto que otorgaba
la agónica esperanza.
El llanto de mis hijos como un perfume
de la naturaleza
se dejaba caer bañando mi piel de
razón.
Los carajos de mi negra Hortensia y
esas veces que alejado de
Dios perdía el tiempo, y
hasta el sustento de mis chamacos
¡plumm!
Como un balazo algo viscoso se regaba
por mí casi;
mientras me despertaba el olor a infierno.
Eso, junto a las ganas de vivir
me ayudaron a ensillar el regreso
a la vida,
tomé lo que podía como en un ato y
tomé rumbo a la salida manejando mi
carcocha
pero un punto de debilidad bastó para
regresar
como una despedida; casi siempre
repetida
pero esta vez de palto.
Como me sudaban los dedos y las ganas de sentarme;
parecía que adivinaba el resultado
de cada juego,
hasta ganas de ir al baño me dieron.
Oía el chorro golpearse contra el charco;
mientras murmura para mis adentros
ojala se me apareciera el diablo para
venderle mi alma;
para jugar la ultimita y ganar tanto dinero
que me vuelva rico.
Alcé el cierre y al abrir la puerta
unos de los que jugaban se levantaban pelao,
por lo que era conocido,
me invitaron a jugar para que no se malogre la mesa.
Hasta acordaron regular las apuestas al mínimo y estable de mil soles.
Desde que apareció la primera carta de mis manos como una pirámide
se armaban los juegos sin que pierda una;
hasta que ya, eso a las dos de la mañana había peleao a todos.
Juntando tres sacos de plata casi no lo creía,
sonreía dibujando en mi futuro…
ponerme un local igual al que tuve antes.
Tire el dinero por la ventana del carro y
emprendí mi viaje de regreso a casa manejaba sonriente,
hasta que en un tramo del camino.
Llamado el ceibo del diablo,
caminaba tambaleándose mi santo
compadre.
Alfonso infante. Detuve el carro,
abrí la puerta invitándolo a subir;
mientras estrechando su mano me
sorprendí…
Era enorme, su mano estaba helada y
peluda.
Lo mire detenidamente y bajo el sombrero
solo aparecía una sombra con algo que
brillaba
como si fuera una dentadura de oro.
No me quedo mas que aferrarme
al timón y
acelerar a tal punto, que parecía
destramarse la carcocha, y
llegando a la puerta de mi casa
me desplomé rodando por el suelo,
con los ojos desorbitados y botando
espuma por la boca.
No recuerdo más,
hasta que algún otro día desperté
escuchando a Hortensia decir
¿Que te paso? Repitiendo como
un tarado ¡el compadrito!
¡El compadrito! Y lo más ilógico
¿Qué fue de la plata?
¡Qué plata! La que está en el carro
respondí;
mientras que muy segura la negra,
sólo atinaba a decir,
que allí solo había unos sacos de chante
de plátano.
¡Cómo no sorprenderse de esa experiencia!
Si era el mismísimo demonio el que se
me presentó
en la figura de mi santo compadrito
Alfonso!
Dios mío…perdóname.
A partir de hoy Hortensia querida…
Te prometo que jamás iré al jugué.
Es más, desde hoy mismo iremos
juntos a la iglesia.
“El hombre que cumple con sus obligaciones
Jamás sucumbirá ante lo incierto”

