Corona pagana.
Publicado: Dom Nov 07, 2010 07:50
Cubierto por la lugubre madrugada, con los ojos entornados al averno. Siento mover mis entrañas.
Sentado en la punta del obelisco, canto a las estrellas de plata, a los luceros de otoño.
Y mis pies flotan sobre un lago de flores blancas, el espejo de la luna.
Alejadas de ella, otras flores, las gemelas de las estrellas, blanquisimas entre la hierba.
Vientos del norte nadan en mi sangre, su susurro es una invitación a la muerte más violenta.
Cortantes, su entrechocar enfurecido alimenta mis ansias de libertad. Calma, niño mio.
La plegaria sedienta de los santos martires llueve sobre mi, y me siento conmover.
Me acaricio el vientre con las yemas de los dedos y los ojos cerrados, dejando correr el tiempo.
Y la mandolina duerme silente a mi lado, esperando el instante ideal. Paciencia, amiga mia.
Llevo la frente a las nubes grises de medianoche. Perdoname señor, porque no sé lo que hago.
Con las manos no hago más que acariciarme el vientre, acallando el llanto silente de mis entrañas.
Lentamente, las enredaderas trepan por la piedra. Pretenden detenerme, demasiado tarde.
Tomo una rosa blanca entre mis dedos, y la presiono con toda fuerza.
Mi sangre la tiñe de rojo, impregnandole de vida. Contagiandole mis pecados y mi mortalidad.
Sonrio, mientras el plasma gotea la piedra, mis piernas. Y mis sueños serán versos.
Y los reyes duendes traerán regalos y canciones, al niño que está por nacer.
El harpa de plutón y el cuerno de baal nos harán compañia, en la fiesta pagana.
Ángeles petrificados me observan desde la hierba, al dejar caer la rosa en el espejo.
Al paso de la noche, las blancas flores de la luna, se van tornando a la sangre. Carmesies.
Brillantes, van sucumbiendo despacio sobre el peso de nuestra alegria sacrilega.
Y los santos de piedra tocan violines, chelos. La musica nos hace perder.
Los ratones de pradera se han aglomerado ya, parados en dos patas. Sus ojos no creen lo que ven.
Las estrellas del espejo se tornan rojas también, al tiempo que llegan los payasos.
Y mis dedos, ensangrentados, tocan la mandolina placidamente. La melodia es mi alma.
El viento escapa por mis poros, volando directo al espejo, abriendo las flores.
Suavemente, esparciendolas en el aire, haciendolas ascender al ritmo de nuestros corazones.
Y allí, allí en los capullos de sangre, un recien nacido ha comenzado a llorar susurros.
Demanda atención, exige un nombre. Y dejo fluir las lagrimas, tiene mis ojos negros.
Y todos se inclinan a él. Ha nacido el rey de las bestias y los santos. Su llanto es su corona.
Sentado en la punta del obelisco, canto a las estrellas de plata, a los luceros de otoño.
Y mis pies flotan sobre un lago de flores blancas, el espejo de la luna.
Alejadas de ella, otras flores, las gemelas de las estrellas, blanquisimas entre la hierba.
Vientos del norte nadan en mi sangre, su susurro es una invitación a la muerte más violenta.
Cortantes, su entrechocar enfurecido alimenta mis ansias de libertad. Calma, niño mio.
La plegaria sedienta de los santos martires llueve sobre mi, y me siento conmover.
Me acaricio el vientre con las yemas de los dedos y los ojos cerrados, dejando correr el tiempo.
Y la mandolina duerme silente a mi lado, esperando el instante ideal. Paciencia, amiga mia.
Llevo la frente a las nubes grises de medianoche. Perdoname señor, porque no sé lo que hago.
Con las manos no hago más que acariciarme el vientre, acallando el llanto silente de mis entrañas.
Lentamente, las enredaderas trepan por la piedra. Pretenden detenerme, demasiado tarde.
Tomo una rosa blanca entre mis dedos, y la presiono con toda fuerza.
Mi sangre la tiñe de rojo, impregnandole de vida. Contagiandole mis pecados y mi mortalidad.
Sonrio, mientras el plasma gotea la piedra, mis piernas. Y mis sueños serán versos.
Y los reyes duendes traerán regalos y canciones, al niño que está por nacer.
El harpa de plutón y el cuerno de baal nos harán compañia, en la fiesta pagana.
Ángeles petrificados me observan desde la hierba, al dejar caer la rosa en el espejo.
Al paso de la noche, las blancas flores de la luna, se van tornando a la sangre. Carmesies.
Brillantes, van sucumbiendo despacio sobre el peso de nuestra alegria sacrilega.
Y los santos de piedra tocan violines, chelos. La musica nos hace perder.
Los ratones de pradera se han aglomerado ya, parados en dos patas. Sus ojos no creen lo que ven.
Las estrellas del espejo se tornan rojas también, al tiempo que llegan los payasos.
Y mis dedos, ensangrentados, tocan la mandolina placidamente. La melodia es mi alma.
El viento escapa por mis poros, volando directo al espejo, abriendo las flores.
Suavemente, esparciendolas en el aire, haciendolas ascender al ritmo de nuestros corazones.
Y allí, allí en los capullos de sangre, un recien nacido ha comenzado a llorar susurros.
Demanda atención, exige un nombre. Y dejo fluir las lagrimas, tiene mis ojos negros.
Y todos se inclinan a él. Ha nacido el rey de las bestias y los santos. Su llanto es su corona.


