RECURSO FALLIDO
Publicado: Lun May 17, 2010 09:39
Repasando un libro viejo
de antiguas filosofías,
de esas que todos los días
me ha dado por repasar,
tan sólo vine a pensar
por qué tú no me querías.
Claro, tú no lo decías;
pero eso se adivinaba
y la ciencia no me daba
razones más convincentes
que ver a regañadientes
cómo tu amor se esfumaba.
Analizando los hechos
subjetiva y objetiva-
mente, siempre con la viva
intención de poseerte,
ansiando pertenecerte
aunque me fueras esquiva,
me mostré meticuloso
y empecé a considerarte
buscando configurarte
por los filósofos griegos.
Ellos, mejor que los ciegos
me ayudarían a amarte
y que me amaras, sin duda,
pues consideraba injusto
que siendo tú de mi gusto
te quisieras escapar,
por más que en esto de amar
nos llevemos cada susto...
No comencé por dudar
de todo, como Descartes.
Mejor...vayamos por partes,
dije, y sorbiendo el café,
a Tales rememoré,
ya que con él estas artes
profundas del pensamiento,
nacieron antes de Cristo
siete siglos. ¡Ah, e insisto
que por la Filosofía
tendrás que ser sólo mía
así como yo te he visto...!
Tales, por ser de Mileto,
pocos datos me brindó.
Anaximandro no dio
en el clavo. Mas, tampoco
Anaxímenes. Y loco
mi corazón trepidó.
Tu amor no nació del aire
ni del agua, ni del fuego
ni de tierra. Tal vez luego
se me iluminara el foco.
El caso es que poco a poco
voy entrando y me reniego
a aceptar que te me niegues.
Pitágoras me alegaba
que tu amor no se me daba
porque eras una de tantas,
una cifra. ¡Uf! y cuántas,
cantidades me sumaba...
Lógico es que no creí
que un guarismo sólo fueras,
y yo aquel a quien hirieras
con tu coqueto desdén.
No lo trago y mira bien
que yo actué sin que tuvieras
oportunidad de huir.
A Diógenes le expliqué
mi problema y le lloré,
rogándole me ayudara
con su lámpara y entrara
al mercado donde fue
que a un hombre antaño buscara.
Diógenes -le dije-, quiero
a una mujer y yo espero
que me ayudes a encontrarla;
yo sólo quiero adorarla
porque sin ella, me muero.
Si a un hombre no conseguiste
un tiempo localizar,
a una mujer has de hallar,
pues ellas son más visibles;
aunque se hacen imposibles
si las quieres atrapar.
No, Diógenes. No podrás...
deja tu lámpara al lado.
Ella no está en el mercado
donde otras tantas se venden
y después ya no comprenden
el porqué de su pecado.
Déjalo, Diógenes, déjalo
y que me auxilie el Paráclito.
Iré a consultar a Heráclito,
él que me dé su opinión.
Demócrito es un llorón,
por eso prefiero a Heráclito.
Aunque ora llore también
y en mis lágrimas me bañe
y Heráclito me regañe
diciendo por adornarse,
que nadie puede bañarse
dos veces -quizá se engañe-
en el mismo río, yo,
por esa mujer que adoro,
ayer lloré y ora lloro
y mis lágrimas son tales,
que dudo si son mortales
o de mi pasión decoro.
Sócrates: ella me dice
que no me puede querer,
que nomás no puede ser,
que no sé por qué razones.
Yo sé que en estas cuestiones
tú me puedes comprender.
Trátala con ironía.
Convence de lo contrario
al corazón sedentario
que de convicción no sabe,
que añora volar como ave
y en su volar necesario
agota su encanto leve.
Así, mayéuticamente,
dile tú lo concerniente
a mi pasión. Que discuta;
y no temas la cicuta
de su lengua de serpiente.
Dice que no; pero miente,
que no me quiere y yo sé
que miente porque...porque,
me lo dice el corazón,
más soñador que Platón
o que el de Egipto, José.
Aristóteles: ¿por qué
tuviste que condensar
forma y materia?. Pensar
que ella es para mí la esencia,
que mi sombra es su presencia
y mis pies su caminar.
¡Estos filósofos griegos!
¿Para qué los investigo?
¿Qué puedo hacer si enemigo
de fantasmas siempre soy
y más valor no les doy
que el que se le da a un testigo?
¿Qué puedo hacer si mendigo
extrañas filosofías,
de esas que todos los días
me ha dado por repasar,
para venir a pensar
por qué tú no me querías...?
Heriberto Bravo Bravo SS.CC (de la serie: "mis primeros poemas")
de antiguas filosofías,
de esas que todos los días
me ha dado por repasar,
tan sólo vine a pensar
por qué tú no me querías.
Claro, tú no lo decías;
pero eso se adivinaba
y la ciencia no me daba
razones más convincentes
que ver a regañadientes
cómo tu amor se esfumaba.
Analizando los hechos
subjetiva y objetiva-
mente, siempre con la viva
intención de poseerte,
ansiando pertenecerte
aunque me fueras esquiva,
me mostré meticuloso
y empecé a considerarte
buscando configurarte
por los filósofos griegos.
Ellos, mejor que los ciegos
me ayudarían a amarte
y que me amaras, sin duda,
pues consideraba injusto
que siendo tú de mi gusto
te quisieras escapar,
por más que en esto de amar
nos llevemos cada susto...
No comencé por dudar
de todo, como Descartes.
Mejor...vayamos por partes,
dije, y sorbiendo el café,
a Tales rememoré,
ya que con él estas artes
profundas del pensamiento,
nacieron antes de Cristo
siete siglos. ¡Ah, e insisto
que por la Filosofía
tendrás que ser sólo mía
así como yo te he visto...!
Tales, por ser de Mileto,
pocos datos me brindó.
Anaximandro no dio
en el clavo. Mas, tampoco
Anaxímenes. Y loco
mi corazón trepidó.
Tu amor no nació del aire
ni del agua, ni del fuego
ni de tierra. Tal vez luego
se me iluminara el foco.
El caso es que poco a poco
voy entrando y me reniego
a aceptar que te me niegues.
Pitágoras me alegaba
que tu amor no se me daba
porque eras una de tantas,
una cifra. ¡Uf! y cuántas,
cantidades me sumaba...
Lógico es que no creí
que un guarismo sólo fueras,
y yo aquel a quien hirieras
con tu coqueto desdén.
No lo trago y mira bien
que yo actué sin que tuvieras
oportunidad de huir.
A Diógenes le expliqué
mi problema y le lloré,
rogándole me ayudara
con su lámpara y entrara
al mercado donde fue
que a un hombre antaño buscara.
Diógenes -le dije-, quiero
a una mujer y yo espero
que me ayudes a encontrarla;
yo sólo quiero adorarla
porque sin ella, me muero.
Si a un hombre no conseguiste
un tiempo localizar,
a una mujer has de hallar,
pues ellas son más visibles;
aunque se hacen imposibles
si las quieres atrapar.
No, Diógenes. No podrás...
deja tu lámpara al lado.
Ella no está en el mercado
donde otras tantas se venden
y después ya no comprenden
el porqué de su pecado.
Déjalo, Diógenes, déjalo
y que me auxilie el Paráclito.
Iré a consultar a Heráclito,
él que me dé su opinión.
Demócrito es un llorón,
por eso prefiero a Heráclito.
Aunque ora llore también
y en mis lágrimas me bañe
y Heráclito me regañe
diciendo por adornarse,
que nadie puede bañarse
dos veces -quizá se engañe-
en el mismo río, yo,
por esa mujer que adoro,
ayer lloré y ora lloro
y mis lágrimas son tales,
que dudo si son mortales
o de mi pasión decoro.
Sócrates: ella me dice
que no me puede querer,
que nomás no puede ser,
que no sé por qué razones.
Yo sé que en estas cuestiones
tú me puedes comprender.
Trátala con ironía.
Convence de lo contrario
al corazón sedentario
que de convicción no sabe,
que añora volar como ave
y en su volar necesario
agota su encanto leve.
Así, mayéuticamente,
dile tú lo concerniente
a mi pasión. Que discuta;
y no temas la cicuta
de su lengua de serpiente.
Dice que no; pero miente,
que no me quiere y yo sé
que miente porque...porque,
me lo dice el corazón,
más soñador que Platón
o que el de Egipto, José.
Aristóteles: ¿por qué
tuviste que condensar
forma y materia?. Pensar
que ella es para mí la esencia,
que mi sombra es su presencia
y mis pies su caminar.
¡Estos filósofos griegos!
¿Para qué los investigo?
¿Qué puedo hacer si enemigo
de fantasmas siempre soy
y más valor no les doy
que el que se le da a un testigo?
¿Qué puedo hacer si mendigo
extrañas filosofías,
de esas que todos los días
me ha dado por repasar,
para venir a pensar
por qué tú no me querías...?
Heriberto Bravo Bravo SS.CC (de la serie: "mis primeros poemas")
