Un callado grito que no es mío
Publicado: Lun Dic 07, 2009 06:34
...l’ angoscioso terrore di non essere realtà…
Giuseppe Bellini
En mi angustia lo real parece un algo…
tan sólo imaginado, quizá deseado.
El ambiente va mutando
y percibo un húmedo viento
acontecido en otro tiempo,
es como un aire por otro respirado,
como una áspera vieja brisa
que sucedió hace muchos años.
Parecida a una cansada flama
la mente va dejando de ser luz,
los pensamientos se van perdiendo
en una transparente hoguera
que arde en tiempo pasado.
Estoy en ese frío callejón
tantas veces transitado,
tantas veces recorrido,
sin moverme y agotado;
estoy en esa lúgubre cerrada calle
no sé si minutos, horas, días o años antes
del inevitable crimen que detendrá mi sangre.
De pronto todo se queda suspendido
el cuerpo, el pensamiento,
los ladridos, la oscuridad, el aire,
los latidos, el andar de una sombra
por el llanto de un río asfaltado.
Los restos de mi naufragio,
que todas las noches arrastra
hasta mis manos éste oscuro océano
-aguas densas las oscuras ideas-
olvidan su sensual convulsión
y se empantanan en el aire.
La bruma que deambulaba acariciando el suelo,
los cables, las tuberías, los drenajes,
los efluvios en las bocas de las ratas,
se detiene, todo se endurece,
la noche pesa y se espesa,
la noche se siente
como un negro mármol blando
infestado de cardos.
De entre las temerosas nubes
un dolido grito se viene escuchando;
el de mis pálidos ojos que cayendo,
por el terciopelo negro de un cielo gastado,
vienen de regreso; ya sin fuerza ni pulso
ha caído el cadáver de mi mirada
asesinada en los fríos muros de la luna.
¿Cómo logro ver todo esto sin ojos? ¡No lo sé!
Quizá los diminutos mares de otro
siempre se agitaron en lo mas hondo
de las oscuras cavernas de mi rostro,
en esas grutas donde manan las visiones.
Esto que digo ya no sé si es mi pensar
o es tan sólo el nado estremecedor
de los peces de aquel mar…
Shhhhhhhhhhhhhhh!
Escucho unos pasos, alguien se acerca
¡Soy yo quien viene! Me veo herido y sangrando
derramando una sangre que no es mía,
mi sangrar es de diminutas ortigas,
éste es un vino dulce que sonríe.
La única farola que alumbra la calle
se agacha y nos saluda,
la mano de mi cuerpo, sin detenerse,
me golpea la espalda amablemente,
afligido volteo y miro mi cuerpo alejarse.
No hago más caso y sigiloso continúo recorriendo
el empedrado fantasma de un cuerpo que,
sin más remedio, se hunde.
Mi sombra se aburre, harta de éste derrumbe
que luce podrido e interminable,
se aleja de mí y se va en busca de su destino;
el corazón ha ido tras de ella,
rodando entre las escamas de un suspiro
que se desgrana de este cuerpo que creía mío;
siento más la ausencia de la sombra
que la de esa roja entraña que ha dejado
un pecho enmudecido y descorazonado.
El callejón se va terminando,
la única ventana tiembla, su cristal se rompe,
un sonido apunto de salir cierra su puerta
y se agazapa en un rincón del piso de ésta boca,
sus labios me besan y se marchan
dejándome ya sin esa voz que creo jamás existió.
La farola cierra su ojo y solloza,
la luna cierra su escote y se enluta;
el viento, asustado, se emboza con las nubes.
La oscuridad me rodea mas no me toca,
y yo toco una pared que respira,
que parece frescamente dormida,
la vida es el callejón… quizá la pared
sea la antesala de una muerte.
¡Que terror! La angustia se bebe la mente
al sentir que esta vida y muerte no son mías.
El sueño… ¿De quien es?
En la tapia recuesto un oído,
dentro de ella una mar se ahoga
-océano sin olas tan desolado como yo-
el oído semeja un caracol con su carne sobre la arena,
separo la cabeza y el oído se queda en la negra playa,
como queriendo abrir con sólo paciencia un duro mar
de aguas donde no se nada –de ellas no sé nada-
todo se presiente desolado dentro de ese abismo
que me envuelve sin besarme siquiera
ya no quedan sirenas tampoco leyendas
ni fantasías mucho menos esperanzas.
De pronto la piel me dice: “en el final… hace frío”,
se abraza con mis músculos y también se larga;
por fin la soledad luce desnuda,
tímida busca donde esconderse
asiéndose a uno de estos huesos
que ya no sé de quien son.
La descarnada estatua se derrumba,
la soledad queda aplastada,
la soledad no sangra, no habla, no ríe, no llora,
luce tan insignificante pero al final lo es todo
después de ella ¿que seguirá?
Podría pensar que aún queda un alma que soy yo,
pero, al fin, el alma no es más que tan sólo una idea...
si tan sólo tuviese la certeza tatuada en las ideas.
¿Quizá todo sólo haya sido un sueño?
¿Quizá yo sólo sea la pesadilla de algún otro
que está a punto de quedarse sin voz?
Sus manos van cerrando sus labios,
y todo volverá a ser mudo,
pronto unos ojos entraran en sus cuevas
y todo volverá a ser invisible,
las sombras volverán a ser sólo oscuridad
y la ceguera una vez más caerá sobre nosotros
como un velo sin forma ni textura,
y alguien abrirá sus párpados
bañado en la salobre angustia de no ser realidad.
Iván Ortega
Giuseppe Bellini
En mi angustia lo real parece un algo…
tan sólo imaginado, quizá deseado.
El ambiente va mutando
y percibo un húmedo viento
acontecido en otro tiempo,
es como un aire por otro respirado,
como una áspera vieja brisa
que sucedió hace muchos años.
Parecida a una cansada flama
la mente va dejando de ser luz,
los pensamientos se van perdiendo
en una transparente hoguera
que arde en tiempo pasado.
Estoy en ese frío callejón
tantas veces transitado,
tantas veces recorrido,
sin moverme y agotado;
estoy en esa lúgubre cerrada calle
no sé si minutos, horas, días o años antes
del inevitable crimen que detendrá mi sangre.
De pronto todo se queda suspendido
el cuerpo, el pensamiento,
los ladridos, la oscuridad, el aire,
los latidos, el andar de una sombra
por el llanto de un río asfaltado.
Los restos de mi naufragio,
que todas las noches arrastra
hasta mis manos éste oscuro océano
-aguas densas las oscuras ideas-
olvidan su sensual convulsión
y se empantanan en el aire.
La bruma que deambulaba acariciando el suelo,
los cables, las tuberías, los drenajes,
los efluvios en las bocas de las ratas,
se detiene, todo se endurece,
la noche pesa y se espesa,
la noche se siente
como un negro mármol blando
infestado de cardos.
De entre las temerosas nubes
un dolido grito se viene escuchando;
el de mis pálidos ojos que cayendo,
por el terciopelo negro de un cielo gastado,
vienen de regreso; ya sin fuerza ni pulso
ha caído el cadáver de mi mirada
asesinada en los fríos muros de la luna.
¿Cómo logro ver todo esto sin ojos? ¡No lo sé!
Quizá los diminutos mares de otro
siempre se agitaron en lo mas hondo
de las oscuras cavernas de mi rostro,
en esas grutas donde manan las visiones.
Esto que digo ya no sé si es mi pensar
o es tan sólo el nado estremecedor
de los peces de aquel mar…
Shhhhhhhhhhhhhhh!
Escucho unos pasos, alguien se acerca
¡Soy yo quien viene! Me veo herido y sangrando
derramando una sangre que no es mía,
mi sangrar es de diminutas ortigas,
éste es un vino dulce que sonríe.
La única farola que alumbra la calle
se agacha y nos saluda,
la mano de mi cuerpo, sin detenerse,
me golpea la espalda amablemente,
afligido volteo y miro mi cuerpo alejarse.
No hago más caso y sigiloso continúo recorriendo
el empedrado fantasma de un cuerpo que,
sin más remedio, se hunde.
Mi sombra se aburre, harta de éste derrumbe
que luce podrido e interminable,
se aleja de mí y se va en busca de su destino;
el corazón ha ido tras de ella,
rodando entre las escamas de un suspiro
que se desgrana de este cuerpo que creía mío;
siento más la ausencia de la sombra
que la de esa roja entraña que ha dejado
un pecho enmudecido y descorazonado.
El callejón se va terminando,
la única ventana tiembla, su cristal se rompe,
un sonido apunto de salir cierra su puerta
y se agazapa en un rincón del piso de ésta boca,
sus labios me besan y se marchan
dejándome ya sin esa voz que creo jamás existió.
La farola cierra su ojo y solloza,
la luna cierra su escote y se enluta;
el viento, asustado, se emboza con las nubes.
La oscuridad me rodea mas no me toca,
y yo toco una pared que respira,
que parece frescamente dormida,
la vida es el callejón… quizá la pared
sea la antesala de una muerte.
¡Que terror! La angustia se bebe la mente
al sentir que esta vida y muerte no son mías.
El sueño… ¿De quien es?
En la tapia recuesto un oído,
dentro de ella una mar se ahoga
-océano sin olas tan desolado como yo-
el oído semeja un caracol con su carne sobre la arena,
separo la cabeza y el oído se queda en la negra playa,
como queriendo abrir con sólo paciencia un duro mar
de aguas donde no se nada –de ellas no sé nada-
todo se presiente desolado dentro de ese abismo
que me envuelve sin besarme siquiera
ya no quedan sirenas tampoco leyendas
ni fantasías mucho menos esperanzas.
De pronto la piel me dice: “en el final… hace frío”,
se abraza con mis músculos y también se larga;
por fin la soledad luce desnuda,
tímida busca donde esconderse
asiéndose a uno de estos huesos
que ya no sé de quien son.
La descarnada estatua se derrumba,
la soledad queda aplastada,
la soledad no sangra, no habla, no ríe, no llora,
luce tan insignificante pero al final lo es todo
después de ella ¿que seguirá?
Podría pensar que aún queda un alma que soy yo,
pero, al fin, el alma no es más que tan sólo una idea...
si tan sólo tuviese la certeza tatuada en las ideas.
¿Quizá todo sólo haya sido un sueño?
¿Quizá yo sólo sea la pesadilla de algún otro
que está a punto de quedarse sin voz?
Sus manos van cerrando sus labios,
y todo volverá a ser mudo,
pronto unos ojos entraran en sus cuevas
y todo volverá a ser invisible,
las sombras volverán a ser sólo oscuridad
y la ceguera una vez más caerá sobre nosotros
como un velo sin forma ni textura,
y alguien abrirá sus párpados
bañado en la salobre angustia de no ser realidad.
Iván Ortega


