
Tras el cristal el paisaje se cubre
de una extraña sensación casi lejana…
Y me invaden los deseos de ser parte de ese mundo.
Me quito los zapatos y abro la puerta.
Siento caer el agua fría en el rostro;
La piel se estremece
y después de tanto tiempo
parece la primera vez que siento que estoy viva.
El agua recorre mi cara
y es una caricia bendiciendo mi existencia.
El peso de la tristeza se desliza recorriéndome
y se arrastra por los surcos de la carne;
la tierra inundada la absorbe lentamente…
En un rincón asomando entre las ramas,
la luna se hace cómplice…
Laten en mí, los sentimientos dormidos
y la tibieza de mi cuerpo desaparece…
Llueve…
La soledad no existe…
Me acompaña el deseo de que mañana
todo será diferente…
Y regreso por las huellas, entendiendo,
que la única que puede cambiar el ritmo,
soy yo…
Que la única que puede colorear el día,
soy yo…
La tormenta pasó…
Y he quedado de pie junto a mis sueños…


















